lunes 23 de mayo de 2022
SOCIEDAD | 02-12-2021 11:34

Historia de un niño real

En Vengo a buscar las herramientas, la tercera novela de la escritora y crítica cultural Silvia Hopenhayn, la autora reflexiona sobre la muerte y cómo despedir a los que se van definitivamente.

Escribir es producto de un encuentro que puede o no ocurrir, puede ser una frase escuchada, una imagen. Y en el momento en el que ocurre ese encuentro, se produce la puerta de entrada a la ficción", cuenta Silvia Hopenhayn, a propósito de la genésis de su nueva novela, Vengo a buscar las herramientas.

En ella reflexiona sobre la muerte y su vínculo con el destino y el descanso de los cuerpos, a partir de dos historias que transcurren en tiempos y territorios diferentes: una en la década del 60, en la Patagonia, y otra en 2019, en la ciudad de Buenos Aires.

La obra se inicia en un paraje fronterizo del sur argentino al que llega un matrimonio, con su hijo Lucio, y descubre que los habitantes del lugar entierran a sus muertos en la montaña, lo que provoca la contaminación del agua que consumen, mientras que el otro relato sucede en el barrio porteño de Villa Crespo, donde una mujer se dispone a enterrar al gato de su hija que ha muerto pocas horas antes, y para lo que necesitará la asistencia de un voluntario.

Con un marcado discurso poético, la autora va entrelazando las historias en las que, además, aborda la figura de la mujer en uno y otro tiempo
Yo estaba triste por la muerte del gato, culminación de otras pérdidas mayores, y en pocos meses pasé de la pala a la pluma, de la muerte real, al punto final de novela.

Una frase inolvidable:

"Tenía que enterrar al gato que se había muerto. Venía de situaciones complicadas en relación a la muerte y la necesidad de enterrar al gato se convirtió en una suerte de ritual simbólico en relación a la memoria. En ese sentido, la memoria es una forma del tiempo, y la novela como género, a su vez, es una forma de memoria.

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Me levanto a la madrugada con una pala, pero no puedo hacer el pozo, salgo a la calle y consigo una persona muy amable (N. de la E. José Domínguez). Vamos a mi jardín y mientras está sacando tierra, me cuenta la historia central de esta novela, la de su infancia. Un niño que vive en una escuela rural en un paraje de la Patagonia, muy a la frontera con Chile", narra Silvia y prosigue:

"El agua venía contaminada porque los muertos no habían sido enterrados. Y el padre de ese hombre que cavaba en mi jardín, decidió enseñarles a hacer cajones y a buscar un campo santo donde llevar a sus muertos. Pidió herramientas a la gran ciudad. Y lo que llegaba a la oreja del niño, las pocas palabras que tenían los habitantes de ese paraje cuando golpeaban la puerta de la casa de adobe, era 'Vengo a buscar las herramientas' y el padre les contestaba: '¿Quién ha muerto?'”, cuenta la autora sobre la historia real que dio origen a su novela.

"Cuando yo escuché 'Vengo a buscar las herramientas' sentí que había un potencial, y el efecto fue esa sintaxis porque tuve varias entrevistas con José Domínguez. Me contó cuestiones que tenían que ver con las comidas, con las herramientas, con el aprendizaje, con los mapuches, con los animales, con las plantas, con el río. Fui anotando todo y después lo cambié: es la historia inventada de un niño real. No fui a contar lo que escuché, sino que fui a producir con lo escuchado una historia nueva", explica.

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"Yo estaba triste por la muerte del gato, culminación de otras pérdidas mayores, y hubiera querido enterrar a la mismísima muerte, pero en ese momento, al escuchar esa frase, sentí un tirón en algún lugar de mí. En pocos meses pasé de la pala a la pluma, de la muerte real, al punto final de novela", señala.

Acerca del valor simbólico de la palabra "herramientas", la autora comentó: "Las herramientas siempre me gustaron, de chica un tío abuelo me llevaba de paseo por las ferreterías, me parecían juguetes increíbles, poderosos, la aventura de lo práctico. La idea de poder hacer, tener que hacerlo, querer y lograrlo. Otra vez, cavar un pozo, escribir una novela".

Por supuesto, que una vez terminada la novela, Domínguez la leyó. Cuenta la autora que sintió que tenía que ofrecerle esa primera lectura. "Me hizo unas correcciones de ciertas cuestiones que tenían que ver con presencias reales de plantas, animales. Como yo inventé mucho, se conmovió con algunas sincronías que se produjeron sin saberlo. Por ejemplo, le inventé un amigo que él identificó con su propio hermano, una relación de la que no me había hablado. En la ficción se puede inventar lo que la realidad a veces esconde", reflexiona Hopenhayn.

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Acerca de la autora:

Silvia Hopenhayn nació en Santiago de Chile en 1966, vivió su adolescencia en Ginebra, Suiza, y es escritora y periodista cultural argentina. Coautora de la novela La espina infinitesimal y Cuentos reales, publicó luego Elecciones primarias (Alfaguara, 2012). También es autora de los libros de conversaciones y reseñas La ficción y sus hacedores (2011), ¿Lo leíste? (Aguilar, 2013) y Ficciones en democracia (2015). Dictó talleres de lectura en el Colegio Libre de la Universidad Di Tella; en el MALBA y en la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, y dirige el taller Clásicos no tan clásicos.

Brindó conferencias magistrales acerca del Quijote en el Salón Dorado del Teatro Colón y de Borges en el CCK. Condujo varios programas literarios en televisión, como El fantasma, La lengua suelta y Libros que matan, y documentales sobre Manuel Puig, Olga Orozco y Adolfo Bioy Casares en el canal Encuentro, en su ciclo Nacidos por escrito, merecedor del premio ATVC 2017.

Contenidos del libro:

Hay veces en las que la muerte le otorga sentido a la vida, y hasta la embellece... Esta historia es vital por el afán de supervivencia, las ganas de proseguir y también de saber terminar. Contada en dos tiempos, los capítulos se van alternando hasta encontrarse. Una familia en la Patagonia, en una escuela de frontera, advierte que no entierran a los muertos y la montaña se los quiere sacar de encima. En un barrio de Buenos Aires, una madre soltera sale a buscar ayuda para cavar un pozo en la madrugada; la medianoche anterior, su pequeña hija, al borde del sueño, conversa con sus amigas sobre el entierro del gato. Tres historias que se alternan, una novela trenza. La vida no es sin la muerte, pero la infancia es para siempre.

at Redacción Mía

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