domingo 16 de enero de 2022
FAMILIA | 17-12-2021 09:30

Albertina Carri: "La palabra familia me provoca inquietud"

La reconocida cineasta argentina, publicó su primera novela, Lo que aprendí de las bestias, donde reformula una historia muy parecida a la propia, una suerte de autoficción mediada por la impiadosa orfandad.

Lo que aprendí de las bestias, primera novela de la reconocida cineasta argentina Albertina Carri de 48 años, es un texto espeso y luminoso donde la autora recurre a la misma libertad creativa que transformó a Los rubios en un documental disruptivo e icónico, esta vez valiéndose de una narradora homónima para reformular una historia muy parecida a la propia, una suerte de autoficción mediada por la contundencia impiadosa de la voz de la orfandad.

"La protagonista tiene mi edad, se llama igual que yo, hace cine, es lesbiana, pero tiene una hermana, no dos, sus padres no son desaparecidos, no tiene un hijo. Hay muchas condiciones que son muy distintas a las mías", advierte Carri en diálogo con Télam sobre el libro que acaba de publicar Penguin Random House.

Una huella inicial -una puerta demoliéndose y con ella la infancia (los padres de dos niñas siendo asesinados frente a ellas)- se repite a lo largo de toda la trama (el tiempo) en situaciones soterradas, sean bestias sangrando chorros en un matadero realista y gore o el genocidio de bichos en un campo familiar para que la heroína, contra todos los pronósticos, la desactive, alcance a reconfigurarla como por encanto de la ficción o desconcierto de la mejor de las realidades.

Le llevó seis años procesar esta novela, que tuvo que soltar varias veces. En el medio hizo dos películas
Reflexión: “Familia es una palabra que puede representar muchas cosas, puede representar formas del afecto, sin dudas, pero también la destrucción de cualquier singularidad", dice Carri.

La sinuosidad del deseo, la promesa de racionalización y la búsqueda de un equilibrio son algunos otros motores del texto que a Carri, nacida en Buenos Aires en 1973, le llevó seis años procesar, y que tuvo que soltar varias veces. En el medio hizo dos películas, Cuatreros y Las hijas del fuego, pero además "no le encontraba la vuelta", dice sobre este trabajo, que tuvo licencias demoledoras, en su sentido más emancipador, como la posibilidad de ver morir a los padres en una escena casi hardcore, que los expulsa de la categoría de desaparecidos.

Olvidarse del guion:

Sobre la necesidad de desmarcarse de un guion cinematográfico para escribir su primera novela, Albertina explica: "Desde el comienzo tomé la decisión de que sería una novela, que no iba a ser una cosa más corta y que no iba a ser algo cinematográfico. Me costó mucho la continuidad y en el medio también pasó la vida, necesité volver a hacer cine y le pedí a mis productores, que son mis amigos y socios, no trabajo por encargo, que me den el tiempo de retiro para dedicarme al texto. Necesitaba cierta exclusividad, el cine es más poliamoroso, completamente distinto. A los guiones los escribo a partir de una estructura, muchas veces tengo ideas de películas durante mucho tiempo pero en el momento en que me siento a escribir tengo muy claro adónde voy.

Escribir literatura fue como entregarme a un vacío, esa estructura que hoy se ve en 12 capítulos fue surgiendo, no la planteé de entrada. La escritura fue puro presente y terminó en 2021, hace unos meses escribí las últimas cosas, que están en el medio, no es que hayan ido al final. Y escribí, no sé, 200 páginas más por lo menos, que tiré a la basura". Y, a la hora definir ese proceso, lo hace así: "Tuvo momentos, empezó siendo grato y en el medio se puso ingrato, muy duro. El principio de la novela fue difícil, fue difícil para mí retomarla una y otra vez, cada vez que volvía a una corrección tenía que volver a ese inicio, pero después se fue convirtiendo en esto que yo digo que tiene algo de ritmo musical, como unos bits, pac-pa pa pa-bum y arranca. Algo muy gozoso fue ir encontrándole la voz a la protagonista, que tiene un montón de cosas mías, pero que puede decir determinados exabruptos que una en la vida no puede andar diciendo tan plenamente".

Muy física:

Lo que aprendí de las bestias es una novela muy física en la que el cuerpo juega como voz, territorio y memoria, y también es un relato sobre la crueldad. Para Carri, "en algún momento la novela plantea que no hay peor destino que matar y todo va dirigiendo a este personaje hacia un destino cruel. La vida se vuelve una carrera contra todo lo débil, dice la narradora, pero en eso que podría leerse como un sin salida, en ese hacia dónde te lleva la crueldad, hay un vuelco muy importante, se vuelve importante la risa y eso para mí es una reivindicación total del personaje y de la vida misma: la vida vale la pena vivirla porque hay un tránsito y porque se pueden modificar las cosas".

La familia:

En su novela, la familia, "el polo tóxico", conforma un artefacto bestial. "Familia es una palabra que puede representar muchas cosas. Las formas del afecto, sin dudas, pero también la destrucción de cualquier singularidad, depende de cómo se lleve adelante esa lógica de familia. A mí me provoca inquietud, a Furio, mi hijo, le gusta mucho esa palabra y le provoca felicidad. Una de las cosas más complejas de la maternidad fue, no solo mi orfandad, también mi historia violenta. Fue muy doloroso tener que transmitírselo a él, porque yo ya lo había vivido de chica. Ahí me di cuenta que yo desde los cuatro años ya era grande, eso que dice la narradora, que cuando tiraron esa puerta abajo, rompieron también la posibilidad de que siga siendo niña", concluye.

Dedicada a su hijo:

"Estaba apurado y llevaba un balde de metal en la mano o algún elemento similar. Herramientas, un serrucho, pinzas para cortar cables, pantalones cargo, un disfraz de obrero. El ascensor subió unos pisos y su mano se apoyó sobre la manija de metal. La puerta se abrió en cámara lenta y el cubículo se detuvo en un vacío. Supe cuando vi su mano enorme apoyarse sobre la manija helada que una pesadilla estaba a punto de suceder. Acabé en su mano. Tenía 11 años", así comienza la novela, que Albertina Carri dedicó a su hijo, Furio.

"Nunca me había dado cuenta de mi vulnerabilidad hasta que vi a Furio vulnerable, hasta que conviví con ese niño, y cuando me di cuenta, algo de todo eso me quebró de nuevo. Tenía que explicarle que a sus abuelos los mataron, es parte de mi identidad, de la suya y la del país donde vive. Tenía naturalizada mi historia. No imaginé que me iba a suceder eso, no lo preví para nada. Pero sí tuve la decisión deliberada de que la protagonista de esta novela no sea madre, porque es otro tema. Tal vez escriba una novela sobre la maternidad, pero será otro tema...", cuenta Carri.

at Redacción Mía

Galería de imágenes

Comentarios