Familia

La invasión de los ex

El pasado no debe acompañarnos siempre, pero tampoco se puede borrar. Qué límites ponerle.

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Salvo en los muy jóvenes, está claro que cuando llega a nuestra vida, la pareja ha tenido otras relaciones anteriores. Pero, ¿es necesario que la ex salga en las conversaciones o incluso aparezca acompañando alguna vez al exnovio? Los asesores de pareja coinciden en que no. Pero el pasado tampoco se puede borrar como si no hubiese existido.

Las y los ex pueden ser molestos o dolorosos, sobre todo si una no ha encontrado aún del todo su lugar en la vida del otro. ¿Cuánto “ex” somos capaces de soportar?

En el primer año de relación, las informaciones sobre el pasado amoroso deberían estar prohibidas, opina el asesor de pareja Jörg Wesner, de Hamburgo. En ese momento nadie quiere enterarse de que a la ex no le gustaba esa pasta de dientes, pero, en cambio, sí el sofá de la sala. O que el reloj que el novio lleva siempre en la muñeca es un regalo de Navidad de ella.

“Justamente un regalo así, debiera evitarse, algo que el otro lleva muy pegado al cuerpo, es muy íntimo”, comenta Anne Frische, terapeuta de pareja y de familia.

Si a alguien le molesta ese hecho, debe decirlo. “Hay que tener esas conversaciones siempre, en una atmósfera relajada y no en el momento en el que uno se enoja o se molesta”, recomienda la psicóloga y escritora Felicitas Heyne.

Pasado un tiempo, habría que volver a negociar el tema y hablar de eso. “Las cosas cambian, tanto la incomodidad de uno con ciertos temas como el interés en el pasado del otro”. Es posible que en algún momento uno quiera saber más cosas que al principio.

Pese a eso, Heyne recomienda, en general, una política de información muy limitada, algo que no hay que confundir con mentiras ni engaños. “No hay que exagerar con la honestidad y se puede proponer al otro: ‘lo que quiera saber, lo pregunto, pero no hace falta que me hables de ella todo el rato sin que te lo pida'”.

No importa la edad o la sabiduría: a nadie le gusta pensar que es sustituible. “Uno es entonces un eslabón de la cadena y el mensaje latente es que todo se acaba”, indica Heyne. Eso es difícil de aceptar, sobre todo al principio de una relación. “En ese caso, un poco menos de honestidad viene bien para crear una base de confianza e intimidad”.

Rodeados

Si además del recuerdo, se suman objetos, las medidas deben ser otras. Por ejemplo, habría que hacer pocas concesiones cuando se trata de la casa. Los ex no deberían estar presentes en cada esquina y, como mínimo, habría que comprar un nuevo dormitorio o una nueva cama. Si uno se siente incómodo con la idea de mudarse a casa del otro debido a estas “presencias”, habría que renunciar a hacerlo.

Anne Frische cree que una pareja que se va a vivir en una vivienda preexistente debería comprar algo en común, de modo de que el que llega tenga algo propio. Por el contrario, Felicitas Heyne opina que debe haber un nuevo comienzo desde cero: “Todo tiene que ser nuevo, aunque se vaya comprando poco a poco”. Los espacios y las cosas tienen un enorme valor simbólico que, sin embargo, suele ser subestimado, sobre todo por los hombres, señala.

La cosa se complica cuando hay niños de por medio. “La madre de los hijos siempre tendrá un lugar especial en la vida del hombre, hay que ser consciente de eso”, advierte Frische.

Eso no significa que haya que mantener las fotos familiares por ahí. “Claro que habrá álbumes de días felices del pasado, pero no tienen por qué estar en el nuevo living, ni mirarse juntos, sino que están muy bien guardados en un armario”, opina Heyne.

Hay casos en los que la presencia de la ex se cuela en la nueva relación. Por ejemplo, cuando al comienzo “una aceptó con los dientes apretados que la foto que a la ex le gustaba tanto siga en la cocina y que los dos sigan viéndose”, señala Wesner.

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