Familia

Dime cómo discutes y te diré cómo eres

La manera en la que se pelea en pareja revela la personalidad de cada uno.

amor

Las parejas se componen de dos protagonistas con distintas historias que un día se unen para armar una en común. Cada uno viene de una familia con creencias y valores distintos y la mayor dificultad, generalmente, aparece en el momento en que es necesario aceptar las diferencias y no intentar imponerle al otro la propia educación, visión o punto de vista.

No importa si la diferencia se hace evidente por una respuesta desagradable, un desplante o porque alguno no quiso ir al cine el sábado a la noche. La manera en cómo resuelve una pareja sus diferencias -ya sea con una discusión encarnizada, con el pase de facturas o el silencio abrumador-, habla más sobre la relación que del motivo del desencuentro.

“Muchas veces, en nuestras relaciones nos vinculamos desde tres roles diferentes: uno perseguidor, uno salvador o el de víctima. Todos forman una manera inadecuada de relacionarnos. Estos lugares no son estáticos sino dinámicos, o sea, en un momento uno puede ocupar un lugar y en otro, cambiar. Los lugares que ocupamos siempre están en relación con nuestra historia infantil y a los roles que ocupamos en nuestra familia primaria”, explica la Lic. Florencia Torzillo Álvarez, coordinadora general del Instituto de Psicología Argentino.

¿Cómo pelean?

Muchas parejas aprenden a relacionarse de una manera inadecuada y patológica, según Torzillo Álvarez, “buscan la discusión o pelea para comunicarse y reconocerse, como manera de intercambio amoroso creyendo erróneamente que son muy intensas y se aman demasiado, esperando como recompensa la reconciliación. Muchos estructuran su tiempo en torno a discusiones y peleas: “si no peleo, me aburro”. Necesitan de pequeños incidentes para sentirse motivados y vivos. Generalmente, siempre cometen los mismos errores, discuten y se reconcilian por lo mismo, sin generar una conducta y compromiso de cambio”.

¿Cómo hacer para que las discusiones de pareja, que son obviamente inevitables, se conviertan en productivas y no simples contiendas para ver quién se sale con la suya? “Este es un arduo trabajo psíquico que implica la aceptación de las diferencias entre lo que se espera del otro, lo que imaginamos o deseamos y lo que el otro es. La posibilidad de pensar juntos trabajando sobre las necesidades de cada uno y las distintas expectativas, genera cambios no solo en el vínculo sino también en las propias subjetividades. Sé es distinto a partir de vincularse”, reflexiona Selener.

Estilos de pelea y discusiones hay tantos como parejas existen. El estilo de los contrincantes los muestra tal cual son.

Las peleas violentas: es la manera preferida de los que pierden fácilmente el control. Primero, levantan un poco la voz y, a los minutos, ambos están gritando, ofendiéndose y revoleando objetos por el aire, en el mejor de los casos. Cada uno, es obvio, ya no se preocupa en explicarle al otro sus argumentos y abre un espacio para las ofensas, agresiones verbales y manifestaciones físicas de descontrol.

Las discusiones mudas: se dan entre aquellos que nunca dicen lo que les molesta en la pareja y que, simplemente, ante la pregunta sobre si está todo bien, levantan una ceja y hacen una sonrisa tímida que no logra dejar entrever absolutamente nada de lo que está pasando por su cabeza. Es evidente que se participa de la relación de una manera infantil que, tarde o temprano, terminará desgastando la relación puesto que nunca los problemas tendrán la oportunidad de ser revisados por la pareja.

Las dramátizaciones: los ingredientes principales de esta pelea son los llantos, las gesticulaciones exageradas y el volumen alto de la voz que hace reclamos telenovelescos. Todos ellos denotan carencia afectiva e inseguridad. “El que dramatiza, seguramente se enoja al encontrar diferencias en su pareja y comprobar que el otro no es a su imagen y semejanza. “¡¿Cómo no me lo dijo antes?!” o “¿Por qué no se dio cuenta de que yo necesitaba que estuviera al lado mío en ese momento y no ahora?” suelen ser algunas de las quejas.

Tales actitudes son reflejo de falta de capacidad y de seriedad para lidiar con la situación de conflicto, usando para ello argumentos sólidos en vez de chantajes emocionales.

Las discusiones irónicas: los reclamos van acompañadas de frases sarcásticas, ironía o apelando a un humor ácido que evidencian un problema de comunicación entre los dos. Se los utiliza como medio de provocación para hacerle sentir al otro en carne propia la frustración que se vive.

Pelear por todo y por nada: parecen altercados rápidos sin importancia, pero provocan malestar y complican el día. Suelen servir para descargar toda la amargura acumulada de la relación. Es una actitud que esconde el rencor que dejaron situaciones mal resueltas del pasado y que hace que la relación sea más tensa y menos espontánea.

¿Cuál es tu rol?

Al estilo de pelea que comparte la pareja, se suma el rol que se asume y que repite modelos antiguos.

Los perseguidores: son personas controladoras, que quieren estar en todo y pueden ponerse violentas o agresivas cuando las cosas no se hacen a su manera o no se dan como ellas desean. Quieren tener la razón siempre.

Los salvadores: son personas que siempre hacen algo por el otro, pero les cuesta delegar y pedir ayuda; por ende, tienden a sobrecargarse de responsabilidades, juntando bronca y luego pasando facturas porque de alguna manera quieren ser reconocidos y valorados.

Las víctimas: son personas que se sienten indefensas, tienden a callarse y no dicen lo que piensan, tienen baja autoestima, pueden dramatizar situaciones para dar lástima y nunca se sienten responsables de lo que ocurre. Les cuesta tomar decisiones. Muchas veces sienten celos y suelen ser desconfiados.

Para tener relaciones más sanas conviene:

Tener en cuenta que el que cede primero es el más adulto. A ceder se aprende e insistir en el rol de víctima o victimario solo prolonga el problema.

Evitar tomar posiciones. Póngase en el lugar de su pareja y aumentará su capacidad de comprender cuál es la postura del otro.

Abandonar el querer tener la razón. No pensar el conflicto como una chance para probar que se tiene razón, sino como la oportunidad de entender y ser comprendido.

Saber que uno tiene el 50% de responsabilidad en lo que sucede, por ende, si uno es el que quiere mejorar la relación, uno es el que tiene que cambiar.

Evitar hablar en momentos en los que se está muy enojado y no interrumpir cuando el otro está hablando. Recuerde que escuchar da tiempo para pensar con calma qué se va a responder.

Aceptar una mirada de la vida diferente y lograr el entendimiento desde las diferencias.

Pensar antes de actuar. Respirar hondo y calmarse antes de decir la primera palabra es la clave. La respiración diafragmática oxigena el cerebro y ayuda a tranquilizar los nervios. Actuar por impulso solo aumenta las posibilidades de pasar el límite.

Reconocer aspectos positivos evitando la crítica. Sea concreta, clara y concisa. Nadie es adivino. Haga referencia a lo que le molesta realmente y no intente “tiros por elevación”.

Cada vez que se busque confrontar cosas al otro, siempre es bueno hacer de a un planteo una por vez.

Siempre, mirar los aspectos positivos de la pareja y pensar por qué se la elije en este momento de la vida.

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